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Osiris

Mierda en los tobillos.

Esta vez la mierda me llegaba a los tobillos. Al menos no era literalmente, pero aún así andaba buscando mi particular bordillo esquinero donde desmigajar el rastro de mi suerte.

Todo empezó siendo joven, cuando amaneció Elisa. Era un día de perros y yo me quitaba la bufanda mientras le miraba el culo descafeinado y le pedía un cortado.
Yo aprendí a follar sin timidez y ella a preparar café: hizo efecto rápido, despertándome de repente, pero fue tan efímero y adictivo que pronto necesité más.
Nos despedimos un día de sol y yo me quitaba las chanclas mientras le miraba las largas.

Demasiado pronto estaba yo matando dragones y salvando damiselas de torres. Tan alto estaba Carla que nos quedamos un tiempo entre las nubes. Pero alguien terminó de leer el cuento y concluyó que estábamos soñando. El camino de descenso fue más estrecho y esta vez nadie me guió, por lo que me pasé de frenada, apareciendo bastante más abajo de lo que partí, entre ácidos de pilas y mocos de cristal.
Y entre el fuego cruzado a ritmo de metralleta me raptó Ana. Era del tipo devoto empinadora de mis vientos. Prometía escribir poesía porque alguien le dijo que le recordaba a Machado, yo en cambio aseguraba que sólo quería escupirle. Me afeitó la cara con anillos una docena de veces y acostumbraba renglón aparte a acarminar mi vientre.
Estrepitosamente gritó y se fue, dando un portazo en mi cabeza que siempre me recordó a Sabina y que siempre olvidé a viaje sideral.

Vagué meses sonriendo desconcertado en las afueras, saltando entre estaciones de metro sin pagar billete alguno.
Cuando desperté de la niebla azucarada estaba en una esponja cálida junto a Marga. Pasé lo que podrían haber sido segundos apenas respirando entre sexo y lo que podrían haber sido años entre melaza.
Establecimos un protocolo: yo le mordía tres veces la nalga derecha. Una era un calentón, dos alcanzaba un gatillazo.
En el crepúsculo me mordió ella a mí, y yo a ella en la nalga izquierda. Nunca me rindió dolores, así que disfruté usando sus pasadas cruces como floretes. Siempre pensé que me esculpiría.

Luego volvió estelarmente Ana, pero esta vez se trajo el quitamanchas y me hizo olvidar a Sabina, entre ecos de lamentos que no conocía propios.
Nadie me dijo lo contrario, y seguí viajando en autobuses de ego esperando a que arreglaran el botón de parada.

Aterrizó Rosa y despegué yo. Lloraba cada encuentro y mordía la almohada cuando gritaba debajo de mí. Proyectábamos los trasbordos pero yo siempre me quedaba en la puerta de embarque, con un pañuelo blanco ondeando al viento. Siempre volvía y cenábamos entre deslizantes orientales y palomitas, unas noches con fuego y otras con llamas en la punta de los dedos.
Y a la vez que su yesca se humedecía, mi pedernal encendía todo lo que podía.
Ella desapareció a la velocidad del disolvente y yo no lo supe hasta que mi cama creo témpanos.
Me quedé mirando la pared, rezando para que acudiera y me pudiera ver vestido de equilibrista patoso con nariz roja, para poder esperar al final y darle un beso de verdad en una estación de servicio.

No vino. Yo compré billetes en su oído. Y en soneto clásico me cantó aquello de "y ahora que ya no te quiero me llamas, me llamas...".
No supe hacer un buen tachán y terminé el tango como hubiera hecho el alevín.
No creí necesario hacer más.

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