Sábado al mediodía
Era más de mediodía y yo apenas llevaba un café solo en el buche.
Me movía por los alrededores de la pista con el portátil abierto, buscando algo de cobertura decente que me permitiera trabajar en ese pueblucho de las afueras.
Mientras, ojeaba por el rabillo del ojo a mi mini zagal mientras calentaba para el gran encuentro siguiendo las instrucciones del entrenador.
Una hora antes estaba en otro polideportivo con dos partidos a la vez en juego atendiendo la llamada de la infausta "guardia" por la cual me pagan unos emolumentos muy generosos.
Tras un buen rato decidí darme por vencido, cerrar el portátil y dedicarme a la contemplación de todo aquello que un partido infantil un sábado podría entregarme, que no es poco: niños jugando dentro y fuera de la pista, y padres nerviosos y otros ociosos. Yo estaba en medio, mirando a todo el mundo, preguntándome cómo había llegado hasta ahí sin apenas darme cuenta.
Según mi memoria hace escasos años estaba volviendo borracho a mi pisito del centro o saliendo en bici brincando por los montes de la provincia y regándolo todo con vino y gaseosa.
Según mi raciocinio de eso hace más o menos 16 o 17 años. Por lo bajo.
Todo ha ido muy rápido.
Y sigue yendo muy rápido.
Así que intuyo que seguirá yendo rápido.
Al menos hasta que me jubile.
Pero para eso hace falta mucho.
O no, según lo rápido que vaya yendo.
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