Pasó por lo que le pareció la misma puerta por tercera vez. A la velocidad a la que corría no estaba para detalles. Y no era para menos cuando se tenía a tres matones rumanos persiguiéndote por un angosto y montóno pasillo lleno de obstáculos. Éste tenía la particularidad que siempre giraba a la izquierda, una esquina tras otra, como un gran circuito.
De pronto al girar por enésima vez se encontró con un ventanal enorme abierto de par en par, con las cortinas ondulantes; una brisa suave inundaba la visión de un cielo azul, con una única nube algodonosa. No se lo pensó.
Un momento después estaba cayendo desde el edificio más alto de los que veía. Escuchaba las voces detrás de él, pero ya tenía suficiente con esperar el próximo asfalto, gris, duro y lleno de sombras que le esperaba...
Abrió los ojos y se incorporó de golpe, respirando agitadamente. Se dio cuenta de la situación. Otra vez ese jodido sueño. Dejó caer la cabeza en la almohada empapada, mirando fijamente el techo.
Y el despertador sonó.
Masculló un par de tacos. Se levantó, dio tres pasos y se le nubló la vista y al intentar agarrarse a algo para no caer pateó la esquina de la mesita de noche.
Dos minutos después , y cojeando, llegó al baño. Llevaba cuatro años cagando a la misma hora, desde que llegó a la ciudad. Llevaba esos mismos cuatro años leyendo las indicaciones de los botes del baño a la misma hora. Podía incluso recitar los ingredientes del anticaspa del Dia. El bote de hoy era de gel multivitaminas con muesli. Estaba vacío.
Aún ensimismado por su lectura alargó distraídamente el brazo. Movió inquieto la mano. No había papel. Recordó vagamente que llevaba varios días así.
— Nada a derechas, nada a derechas...— musitó
Se metió directamente en la ducha.
Llevaba trece días usando el champú "rizos perfectos". Llevaba trece días preguntándose si ella volvería a por él. Los mismos días que llevaba recordando la mirada que le dedicó desde la puerta, y que una vez más no supo identificar. Siempre pensaba que sería más sencillo si hubiera sido una mirada de odio, o de asco, o despecho...
Se secó con la toalla mohosa que colgaba del gancho izquierdo detrás de la puerta. Se introdujo en los pantalones de siempre y se puso una camiseta tras rebuscar en los cajones del armario.
Cerró la puerta en dirección al coche. Él nunca lo supo, pero con el golpe se fundió una de las tres bombillas de la lámpara del salón.
Cuando arrancó el coche se dio cuenta de que faltaba algo. El retrovisor derecho estaba colgando.
Cuarenta y seis minutos y catorce segundos después entraba por la puerta de la oficina, tras cruzarse con dos mendigos del este que le pidieron limosna. Siempre había pensado que las cosas ya eran suficientemente complicadas como para que la gente no se quedara allí donde la ponían.
No saludó a la recepcionista, y al abrir la siguiente puerta una chispa saltó del pomo directa a su dedo corazón. Escuchó una sonrisita...
(... continúa)